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La desregulación estudiantil se consolida como una realidad transversal del sistema educativo. Este enfoque releva la necesidad de avanzar hacia respuestas institucionales, integrales y sostenidas en el tiempo, capaces de abordar no solo sus manifestaciones, sino también sus causas y efectos en el aprendizaje y la convivencia escolar.
En los últimos años, la desregulación estudiantil ha dejado de ser un fenómeno aislado para transformarse en una condición estructural del sistema educativo. A partir del trabajo con comunidades escolares, el investigador y embajador Santillana, doctor Jorge Varela, ha recogido evidencia que muestra cómo esta problemática atraviesa distintos contextos, niveles y perfiles de estudiantes, interpelando la forma en que las escuelas organizan su respuesta pedagógica y formativa.
Uno de los principales hallazgos es que la desregulación no puede entenderse solo como una dificultad individual ni asociarse exclusivamente a diagnósticos específicos. Muchas de las situaciones más complejas se presentan en estudiantes sin diagnóstico formal, pero expuestos a alta exigencia emocional, vulnerabilidad o estrés sostenido. Esto obliga a ampliar la mirada, reconociendo que lo que ocurre en el aula también refleja dinámicas sociales, familiares e institucionales que requieren un abordaje sistémico.
En este contexto, la respuesta no puede recaer únicamente en equipos especializados como PIE o convivencia escolar. Aunque cumplen un rol clave, el desafío exige corresponsabilidad entre todos los actores de la comunidad educativa, equipos directivos, docentes, profesionales de apoyo y familias, articulados en torno a una estrategia común que permita anticipar, contener y acompañar.
De la reacción a la prevención, un cambio urgente
Uno de los principales giros que las instituciones están llamadas a realizar es pasar de una lógica reactiva a una preventiva. Las experiencias más efectivas comparten un rasgo común, no esperan la crisis, sino que generan condiciones para disminuir su aparición y facilitar su abordaje.
Entre las estrategias que han mostrado avances destacan:
Estas acciones requieren liderazgo, tiempo, formación pertinente y una visión institucional clara que las sostenga.
El rol docente y el cuidado de los equipos
El profesorado enfrenta directamente los episodios de desregulación mientras sostiene la enseñanza, lo que ha tensionado su rol. Por ello, no es suficiente exigir respuestas individuales, se requiere formación específica, acompañamiento y estructuras institucionales que respalden su labor.
A la vez, el bienestar emocional de los equipos se vuelve un factor crítico. El desgaste y la sobrecarga son cada vez más frecuentes, y el autocuidado no puede seguir siendo visto como algo secundario. Incorporarlo como eje estratégico es clave para sostener cualquier mejora.
Un desafío que redefine la escuela
La desregulación estudiantil no solo impacta la convivencia, también afecta la atención, la participación y los aprendizajes. Abordarla implica repensar la escuela en su conjunto, sus prácticas, prioridades y formas de enseñanza.
El desafío es complejo, pero también abre una oportunidad, avanzar hacia comunidades educativas más preparadas, articuladas y conscientes del vínculo entre bienestar y aprendizaje es hoy una condición para lograr una mejora educativa sostenible.